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Viajar hacia afuera
Lama en la montaña

Viajar hacia afuera solo cubre una parte de nuestra necesidad de conocer el Universo…

Turismo

Conocer otros lugares, otras costumbres, otras gentes. Disfrutar de nuevos paisajes o nuevas gastronomías. Bucear en mares de coral o ascender a las cumbres más elevadas del planeta. Todo ello está al alcance de la mano gracias a la evolución y popularización de los medios de transporte. Una industria que nació en el siglo XX y que se ha potenciado enormemente en el XXI. Hasta el punto de que la economía de muchos pueblos, ciudades y países depende en gran medida del funcionamiento de lo que hemos denominado turismo.

Pero además de los beneficios económicos para quienes viven de la industria turística, el turismo es una vía de enriquecimiento personal para los propios turistas. El cruce de culturas está facilitando el conocimiento y la comprensión acerca de cómo viven las personas en lugares remotos, ampliando así la conciencia de todos: viajeros y pueblos receptores de viajeros.

Globalización

Se han globalizado los gustos, las modas, las costumbres. Asimilamos palabras nuevas para conceptos viejos y nuevos. Hacemos nuevas amistades, en los viajes y en los lugares de destino. Se comparten propiedades vacacionales y todo ello nos proporciona nuevas relaciones y emociones.

Por otra parte, se ha generalizado el uso de internet, el acceso a enormes cantidades de información y la capacidad de compartir espacios virtuales con personas de todas las latitudes. Hay quien juega al dominó, al ajedrez o al póker con personas a cientos o a miles de kilómetros de distancia y que, sin embargo, tras unas pocas partidas, parece que se conocieran de toda la vida.

Han aparecido las redes sociales, fenómeno revolucionario que está cambiando la vida y costumbres de muchas personas. Qué emocionante subir una foto o expresar una idea y comenzar a recibir “me gusta” desde diferentes lugares del mundo.

Son todas ellas y muchas otras más maneras de viajar hacia afuera. Formas de desplazarnos, de entretenimiento, de compartir información, conocimientos, ilusiones, experiencias o formas de ver la vida.

La casa de toda la vida

Es interesante observar el diseño del cuerpo humano. Tenemos un cerebro que es quien controla el resto del cuerpo, quien piensa, el lugar donde se experimentan la alegría, el dolor y todas las emociones y sentimientos. El centro de las ilusiones, de los éxitos y de los fracasos. Todo lo que recordamos y experimentamos está ahí. Las personas a las que amamos, los paisajes preferidos, las alegrías y las penas. Todo está alojado en ese mismo centro que, dada su fragilidad, vive toda la vida en su misma casa protegido por una coraza ósea: el cráneo.

Necesidad e intercambio

Naturalmente, un centro de tal potencia e importancia tiene necesidad de comunicarse con el resto del mundo, recibiendo información y enviando información. Su diseño resuelve la capacidad de recibir información a través de los sentidos y la capacidad de enviar y compartir información a través de todo el cuerpo, especialmente del habla y de las manos.

Claro, el cerebro vive encerrado en el cráneo, así que para que pueda desplazarse el diseño ha dotado al cuerpo de extremidades, piernas y pies especialmente.
Todo este diseño, que funciona de manera ininterrumpida 80, 90 o 100 años, más en algunos casos excepcionales. Todo este diseño necesita energía para funcionar. Energía que extrae de la comida, la bebida y la respiración.

Necesidad de viajar

Poniendo juntas las dos ideas: la idea de un cerebro que, en resumen, es el lugar donde se desarrolla toda la vida y la idea de un universo al que poco a poco vamos ganando acceso gracias a los medios mecánicos de transporte, vemos que la motivación permanente del ser humano o de su cerebro es la de conocer el universo que le rodea, más cerca o más lejos en el espacio y en el tiempo. Siempre viajando hacia afuera.

Pero hay otra manera de viajar que todos experimentamos en sueños o en fantasías: pincha aquí para visitar la página de Viajar hacia Adentro.